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domingo, noviembre 19, 2006

CUENTO ATERCIOPELADO (FINNIS FINUM)

UNA MADRIZA INOLVIDABLE
“¡Dónde tienes mi disco, maldito cerdo capitalista!”, me reclamaba el Juan José mientras me agarraba de las greñas. (J. J. Era medio mamón y siempre inventaba frases medias mamilas para ofender). A mi alrededor veía las caras de angustia de mis compañeros, nadie se atrevía a defenderme. Más allá veía la cara del puto “Malango”, a lado del “Zambo”, ambos sonreían. Allí me di cuenta de que Alejandro había sido el chismoso que le dijo que yo había sido el que me robé el disco, todo para quedar bien con Juan José y con su hermana.
Mientras me tenía doblegado, también pude ver la hermosa cara de un ángel angustiado: Era Priscilla, que casi lloraba, pero ella no podía hacer nada, y todavía no se imaginaba lo que sucedería más adelante.

Después de unos minutos que me parecieron eternos, después de varios golpes, una nariz sangrada, varios improperios, y un escupitajo, por fin confesé para vergüenza mía delante de todos los de la escuela que yo había robado el disco.
Me obligó a ir a la casa de mi tío Lencho a traer el disco. Nos subimos (o me subieron mejor dicho) a la camioneta, adelante iba Juan José manejando, y escuchando nomás por hacerme sufrir a The Beatles (los respetaba, los admiraba pero no eran su grupo favorito, sólo lo hacía por joderme ya que a mi me encantaban y siempre decía que eran los más grandes de todos los tiempos), a su lado iba Priscilla, nerviosa y llorando, y a un lado de la puerta iba el “Malango”.
Atrás, como perros, íbamos el “Zambo”; y un servidor (les digo que el JJ era muy mamila y payaso, me llevaban esposado como si fuera un delincuente), que estaba muerto de miedo, y más al ver el famoso bat de béisbol con el que torturábamos a los animales, y también una cuerda pero más grande y más gruesa.

Primero fuimos a la casa de Priscilla, ella se bajó de la camioneta y el Juan José le dijo: “Ahorita regresamos, vamos al cementerio a una piñata”, mientras se reía burlonamente.
Después llegamos a la casa de mi tío Lencho. En el camino iba pensando en una estrategia para escaparme de este trío de pendejos: ¡Jonatan!, el huevón de mi primo. Él era un buscapleitos de primera. No le tenía miedo a nadie, y la verdad es que siempre ganaba, y ya se había agarrado con tres cuatro o cinco a la vez. Era lo que más le encantaba, partirle la madre a cualquier incauto o pendejo que se le quedara viendo, o que le cayera mal. Como aquella vez en que les estrelló el parabrisas a una patrulla, no corrió, y esperó a que se bajaran los tres marranos y se los madreó el solito.
Jonatan era mi salvación. Entré a la casa de mis tíos. A fuerza tenía que salir ya que si Jonatan estaba loco, Juan José estaba peor y era capaz de meterse a la casa y sacarme a rastras, y también era capaz de golpear a mis tíos, (el era una mezcla entre Alex de Naranja Mecánica y el “Jaibo” de Los Olvidados).
Al entrar estaba mi tía Elfa (se llama Filadelfa, igual que el famoso y sabroso queso crema) en la cocina, le pregunté por Jonatan, ¡Maldita sea! Siempre estaba de huevón en la casa, y ahora resultaba que había ido al rancho de su papá en Tihuatlán.
Ahora sí, ya no tenía salvación. Subí por el disco, y por la ventana vi a los pendejos fumando. Sólo el JJ no fumaba, estaba al volante como desesperado. Tomé el disco, lo acaricié, y me lo pegué al pecho. Casi lloraba, y sentía entre rabia, desesperación e impotencia. No quería separarme de esa joya, esa joya que me estaba atrayendo problemas. Me daban ganas de romperlo, pero eso me metería en un problema mayor.

El sonido de un claxon me hizo volver a la cruda realidad. Era el Juan José que me apuraba a que bajara. Baje las escaleras y me despedí de mi tía.

Afuera el Juan José se puso feliz al verme con el disco. “Aquí está, discúlpame por habérmelo llevado. Ya todo está aclarado y en paz”. ¿En paz? ¿Cuál paz?
¡Sopas! Un trancazo en el estomago me hizo doblarme, mientras el “Zambo” me ponía de nuevo las esposas, y ahora me metía a la cabina. Una vez adentro, me puso un saco de maíz en mi cabeza, y que me impedía ver que sucedía o hacía donde me llevaban.
Sólo oía risas, y después unos golpes como de un palo de escoba en mi cabeza mientras el loco de Juan José se reía esquizofrénicamente. (Después supe que eso lo sacó de la película La Masacre en Texas, cinta que yo nunca había visto, pero Juan José sí, y era una de sus favoritas).

Después de un rato, llegamos a un camino no pavimentado, y a lo lejos se escuchaba el sonido del correr del agua, de un arroyo. La camioneta se estacionó. Abrieron la puerta y me aventaron en el suelo. Caí como costal de papas. El Zambo me levantó, me quito las esposas, y el saco. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, pude ver que estábamos a la orilla del arroyo, en pleno cementerio, en el lugar donde torturábamos a los animales. Presentía lo peor, yo mismo sería una piñata humana.
¡Bienvenido a tu pesadilla!, me dijo sonriente Juan José de Jesús. Dicho esto me derribó de una patada. Allí empezó efectivamente mi pesadilla, entre los tres me empezaron a golpear y a patear inmisericordemente. Después de casi media hora de golpiza acompañada por la música de Velvet Underground, el Zambo me amarró de los pies con la cuerda, y después aventó la misma al mismo árbol en donde sacrificábamos a los animales.
No lo podía creer, ahora el Malango ocupaba mi lugar, el subeybaja de las piñatas vivientes. No pesaba mucho, y el Alejandro jalaba la cuerda mientras mi cuerpo se elevaba por los aires. El Zambo dijo que el no quería tener nada que ver, el muy naco saco una revista que creo era la de Kalimán, se fue a su troca, quito el cassette, y puso el radio en una estación tropical, música que le encantaba, y no la música esquizofrénica paranoica que nosotros escuchábamos.

La diversión quedo entonces repartida entre dos. Alejandro me subía y me bajaba. Juan José fue por el bat, y por el disco de Velvet Underground. Lo Saco de la funda y empezó a vociferar:
“Mira hijo de tu putísima perra madre. ¿Ves este disco? ¡¿Ves este disco?! Es intocable, es sagrado. Nadie puede posar su inmunda mano sobre él. Sólo los poseedores de la más alta sabiduría investidos por el poder de lo alto (Les digo, que sacaba cada mamada, si hubiera estado en otras condiciones, la neta ya me hubiera muerto de la risa).
Has osado cometer una herejía y un sacrilegio. ¡Tú, inmunda cucaracha tercermundista, has cometido un grave error que ha desatado la maldición de todas las furias! Eso se paga con la muerte. Cualquiera que roba el gran disco sacerdotal tiene que pagar con su inmunda vida para calmar el apetito de venganza de los dioses. Este disco no se toca”.

Puso el disco arriba de la cubierta sobre una piedra. Tomo el bat, y lanzo un golpe hacía mí. Lo veía venir, pero el Alejandro subió la cuerda. Después los dos se pusieron a cantar la de “Dale dale dale, no pierdas el tino...” Al quinto intento, el Alejandro me dejo caer de golpe y el Juan tiró un batazo, pero cometió el grave error de no amarrarme las manos. Cuando dio el golpe, agarré el bat, lo cual me dolió muchísimo pero milagrosamente se lo quité. No sé como le hice pero lo aventé lejísimos. El Juan José se puso como loco, y profiriendo maldiciones se fue en busca del bat, diciendo que me iba a ir peor.
En lo que iba, oí el sonido de un motor. Pasaron unos segundos. Sentí un fuerte trancazo. El Alejandro me había dejado caer de golpe al suelo desde una altura de unos cuatro metros.
Resulta que en una Ram Charger, había llegado Aarón con Priscilla. Este le había dado un golpe a Alejandro y este me soltó al suelo. En lo que me desataba llegó el Juan José corriendo con el bat.

Nadie se atrevió a ponérsele al brinco a Aarón. Era un gigantón de 1 98 de estatura, jugador de béisbol, su papá era una leyenda local pozayorkina, y un campo de béisbol llevaba su nombre. Estudiaba en la prepa de a lado, la Gabino Barreda, era buena onda y siempre nos hacía paros junto con sus dos carnales y el Zambo (que eran grandes amigos, pero esta vez quien sabe que mosca le pico y se volvió malo) cuando estudiantes de otras escuelas llegaban muy bravucones a echarnos bronca. Aparte, le caían bien los enanos y chaparros como yo.
Priscilla, lo primero que hizo al entrar en su casa fue llamar a Aarón, y afortunadamente estaba en su casa y rápido se lanzaron al cementerio.

Bueno, ya en el cementerio, el Zambo no se le puso al brinco a Aarón, eran grandes amigos, siempre lo obedecía en todo, y además el Aarón se lo madreaba fácilmente. Alejandro lo intentó, pero Aarón con dos golpes lo noqueó.
Y Juan José. La siguiente escena fue de lo más delirante y surreal. Cuando caí al suelo, oí un crack de algo que se rompía. Al levantarme, no podía creer lo que veía. El disco de Velvet Underground hecho añicos. Juan José al verlo casi lloraba, corrió hacía el disco, levantó un pedazo, y empezó a llorar y a gemir y a gritar “My Precious”. Yo, consternado, empecé a llorar también. Los dos llorando en medio del cementerio, arrodillados, sangre regada y pedazos del disco rotos, enemistados y unidos a la vez por un mismo dolor.

Juan José se puso como loco, y se empezó a revolcar en el suelo, Y yo seguía inmóvil, asimilando todos los hechos, hasta dónde había llegado todo. Todo por un disco.
Lloraba, mientras seguía sangrando y viendo como el disco estaba todo roto. No podía creerlo.
Juan José ya no hizo nada. Priscilla, lloraba también. Mi ángel de la guarda llegó justo a salvarme.
Esa fue la triste y sangrienta historia ese fatídico 2 de octubre que nunca se me va a olvidar.

Después de ese incidente, nuestros caminos siguieron rumbos diferentes. Alejandro me siguió odiando, pero ya no me decía ni me hacía nada porque contaba con la amistad y protección de Aarón. Priscilla, ella siempre triste y sola como siempre, nos hicimos amigos, grandes amigos, pero por seguridad de ambos y por su hermano nunca pasamos de la simple amistad. A Juan José, lo cambiaron al Colegio Tepeyac, y siguió de loco y reventado como siempre. Después lo mandaron a Los Ángeles con su abuelita para que siguiera estudiando. Ya saben como terminó esta triste historia, mató a batazos a su amada abuela. Ahora purga una condena en una prisión de alta seguridad allá en los Estados Unidos, con grandes probabilidades de ser condenado a muerte.

Por mi parte, toda esa historia, ese disco, influyó de una manera más positiva en mi vida. Me volví rockero. Años después conseguí ese disco en CD, y formé parte de varias bandas efímeras, eso sí, con grande influencia del Velvet Underground: Ángeles de Priscilla (en honor a mi primer musa), Crazy Boomerang, Chuy Escutia y los Súper Patriotas Fronterizos, y los míticos de culto First Cat on the Moon (de donde salió el mítico guitarrista de la desconocida y enorme banda multiétnica japonesa Señorita Cometa, de los cuales otro día contaré su historia), y Los Hijos Europeos, banda que ha causado sensación en ambos lados de la frontera, con letras decadentes, y una mezcla de blues electrónico con música norteña, y dos CANTANTES negras sacadas de una iglesia Pentecostés que rapean chido, y que le meten sabrosura con unos gospels, soules, y funkies muy movidotes.

Y así es como termina esta historia amigos, espero no les haya gustado. Este es el fin, mis únicos amigos, el fin.

THE END


ESCRITA, PRODUCIDA Y DIRIGIDA POR: Jesús Antonio Hamlet Márquez Gómez.

GUION: El mismo pelao de arriba.

CAMAROGRAFA: Ciudadana Herzeleid y Conejito Literario Entertainment.

MÚSICA INCIDENTAL: First Cat on the Moon y Los Hijos Europeos.

SOUNDTRACK: The Velvet Underground & Nico (First álbum).

ACTORES:

Juan José de Jesús Martínez Ramos como Jota Jota.
Jesús Márquez Gómez como el ratero del disco.
Lizeth Tinoco Vázquez como Priscilla.
El “Zambo” como el mismo.
Alejandro Sánchez Robles como el “Malango”.
Aarón como el mismo.
Edgar Maranto como el mismo.


AGRADECIMIENTOS:
Agradecemos infinitamente a la Escuela Ignacio Manuel Altamirano y sus directores el “Camarón” y a la “Totola”, el habernos facilitado las instalaciones para la realización de esta película.
A todos los alumnos de la misma escuela (y de otras coladas, en especial a la Gabino), por servirnos de extras sin cobrar un solo centavo.
Al Panteón municipal de Totolapa, y en especial a don Agapito López Caste por hacerse de la vista gorda y dejarnos grabar en la madrugada.
Y sobre todo, un agradecimiento especial a mis héroes a quienes está dedicada esta movie: The Velvet Underground.

domingo, noviembre 05, 2006

CUENTO ATERCIOPELADO (SECUNDA PARS)

ALL TOMORROW PARTIES

Juan José nunca volvió a poner un pie en el reclusorio Ignacio Manuel Altamirano, (cuentan las leyendas que los cohetes y botellas aventados adentro de la escuela de vez en cuando, o los animales muertos tirados enfrente de la misma eran cortesía del buen J.J.) Y yo, me la pelaba por volver a escuchar ese disco sublime, subliminal, angélicamente infernal, incunable, seminal, inclasificable.

Afortunadamente yo era amigo de Edgar alías “La tripa loca”, alías “el cadáver”, quien a su vez era muy amigo del Juan José. Le pedí que me llevara a la mansionzota del Jota Jota que ocupaba toda una manzana en Dinamarca 340 de la Col. 27 de Septiembre.
Llegamos a su humilde casa, y luego de invitarnos unas chelas, llegó lo esperado por mí. Subimos las escaleras hacía su cuarto, donde se decía tenía una colección grandísima de discos.
Entramos a su cuarto, un cuarto grandísimo pintado muy sicodélicamente, con colores anaranjados, rosas, morados, azules… Posters de discos clásicos enmarcados en una pared. En otra pared, una bellísima guitarra Gibson Les Paul en color negro, y la maquinaria en color oro, como la que usa Eric Clapton, una pintura gigantesca en el que aparecían vestidos de ángeles y con arpas eléctricas Robert Johnson, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Keith Moon, Bon Scott, John Bonham, Ian Curtis, Brian Jones y John Lennon.
Un librero repleto de cómics, revistas de rock, cuadernos, soldaditos de plástico, luchadores, álbumes de fútbol y de lucha libre, y cassettes, muchos cassettes.
A lado de su cama estaba su teléfono, y una sinfonola muy bien cuidada. Ahí escuchaba todos sus discos. No sé donde conseguiría esa cosa, pero estaba muy bien cuidada, se escuchaba excelente (nos puso un disco de Jimi Hendrix, el de la Banda de Gitanos) y valía un dineral.
Del otro lado de su cama estaba un estante gigantesco que albergaba 635 discos de acetato, ordenados cronológicamente y en estricto orden alfabético.
Le pregunté donde tenía el de Velvet Underground. Me dijo sonriendo que ese no lo tenía ahí, sino en un lugar especial junto con sus discos preferidos, en una maleta que dijo, en caso de incendio, o que lo desterraran a una isla desierta ellos serían sus acompañantes. Abrió el gigantesco ropero, sacó la maleta y la abrió. Ahí estaban discos originales del año en que salieron a la venta en su país de origen, perfectamente bien conservados: dos discos de los Rolling, el Banquete de Pordioseros (portada original con el baño cochino y graffiteado) y el Sticky Fingers (con la portadota del cierre). Estaban los discos debuts autografiados de Jimi Hendrix, de The Doors, de Led Zeppelin, y de Pink Floyd.
Estaban también el de los Sex Pistols, de los Ramones, de The Who, de Frank Zappa, cuatro de Dylan, uno de Elvis, el London Calling de The Clash, dos de The Residents, uno de The Fugs, el del Sargento Pimienta de Los Beatles, el Abbey Road, el Revolver, y una rareza invaluable de los Beatles donde están vestidos los cuatro de carniceros, llenos de sangre, y con unos bebés de juguete destazados.
Pero lo mejor, ahí estaba ese disco de Velvet Underground. Ese disco que tenía una atracción poderosa, un imán que me jalaba secretamente.

Juan José nos invitó a una mega fiesta en su casa que haría el sábado 30 de septiembre, ya que su hermana menor Priscilla cumpliría 14 años. Iba a ir casi media escuela, y la crema y nata de la suciedad pozayorkina, y sobre todo muchas morrillas, pero eso no me importaba, estaría Priscilla, esa princesa tibetana que amaba profundamente en secreto, y que el gandalla de su hermano la torturaba encerrándola en su cuarto poniéndole música a alto volumen. Música que iba desde Slayer, Exodus, Testament, Megadeth, Metallica, Venom, hasta Mozart, Beethoven, y Wagner.
Sí que estaba reloco mi cuñado.

Llegando a mi casa mi mente sólo estaba en dos cosas: Priscilla a quien había visto en el jardín leyendo, y en el disco de Velvet Underground. Ese disco tenía que ser mío. ¿Cómo conseguirlo? En toda la semana recorrí todas las tiendas de discos de la ciudad, y nadie tenía ni conocía ese disco, todos se me quedaban viendo como si fuera marciano.

Ni modo, tendría que recurrir a una estrategia que rondaba mi cabeza y que no quería poner en práctica: Robar.
Nunca había robado en toda mi vida (excepto unos billetitos del banco de luchadores que mi amigo Federico dejo olvidados en una silla afuera de su casa), y nunca lo volví a hacer después, pues robar me parecía y me sigue pareciendo algo repugnante, pero esta sería una excepción excepcional.

La fiesta de cumpleaños de Priscilla sería la fecha ideal para el gran robo. El sábado 30 de septiembre. El viernes me la pase con mucho miedo, insomnio y haciendo estrategias para llevar a cabo mi plan.

El famoso día llegó. Los papás de Juan José estaban de compras en San Antonio. Todo el salón estaba en la casota, colados de otros salones y de otras escuelas: los católicos del Tepeyac, las nenas fresas del Motolinia, los wannabes de la Díaz Mirón, uno que otro colado de la Makarenko, la Gabino, nacos de la ESBO, del Cbetis, y de las Federales.
La fiesta se estaba poniendo buena. Buena música (Alguien tuvo la magnífica idea de poner a Depeche Mode), muchas nenas, rock and roll, cerveza, vino, marihuana, coca, videojuegos, comida, alberca, sexo seguro…
Y yo, por fin podría ligar a mi princesa Priscilla, claro si es que Alejandro alías “el malango” (le decían así por sus orejotas tamaño familiar como las de Dumbo) no se me adelantaba, aunque el por ser el galán de la escuela estaba en ese momento ocupado con una gringa bien buenota.
Pero, lo que en verdad me importaba por encima de Priscilla era el disco del Terciopelo Subterráneo. Al fin, las mujeres van y vienen, pero esa joyita, (que no les conté, pero estaba autografiada por todos los integrantes, traía unas fotos que el tío de Juan José se había tomado con ellos en Nueva York, en donde el tío, un guitarrista roquero tenía su banda y que nunca sobresalió, ni grabaron un disco pero que fue parte de la escena neoyorkina, con su grupo hoy olvidado y con chídismo nombre: The Rotten Mexicans Tomatoes, y el fue después de morir de un pasón de heroína el que le regaló gran parte de su colección discográfica, su amor por el rock, y esa guitarra Gibson), esa joyota era inconseguible, y única.

Por lo pronto, la fiesta se desarrollaba sin contratiempos: En la sala principal, la mayoría bailaba o se emborrachaba, en el jardín, unos fumando o drogándose. En un cuarto, los más nerdos y losers tragando como cerdos, y jugando Nintendo. Otros, los más aventados ya estaban cogiendo en algunos cuartos. Otros, los más pendejos y despistados estaban jugando fútbol, viendo televisión, nadando en la alberca, y había tres pendejazos (entre ellos el Juan Carlos, el “Piña”, y un desconocido) que estaban dormidotes afuera en el jardín.
Priscilla, ella estaba bailando sola, con unas amigas, nadie la pelaba. Juan José, ni sus luces, de seguro estaba en el jardín arponeándose heroína, o lo más probable es que estuviera en el cuarto de sus jefes clavándose a la buenota de Abigail, al fin que Lizeth su novia andaba en Chilangolandia.
Yo, por mi parte andaba ansioso, desesperado, buscando la oportunidad de escabullirme y robarme ese disco.

Me hice el pendejo durante unas horas, mientras algunos se iban a sus casas, otros se lanzaban a coger, otros ya estaban dormidotes o bien borrachos; sin embargo, aún había necios que seguían platicando, bailando, tragando o bebiendo.
Pero, todos andaban como Juan por su casa, pero la recamara del Jota Jota era sagrada, nadie entraba allí.
Me fijé bien, y vi que no hubiera nadie. No había moros en la costa. Toqué la puerta fuertemente y varias veces para ver si había alguien allí. La abrí lentamente, y me asomé, no había nadie. Entré y mi corazón parecía que se me quería salir del pecho, estaba nervioso, tembloroso, y sudando frío. Rápidamente abrí el ropero, y saqué la maleta. Hasta abajo estaba el disco. Me lo metí debajo de mi chamarra, y volví a meter la maleta como estaba. Me asomé al pasillo y no había nadie, en lo que salía y cerraba la puerta iba pasando el Alejandro, quien se me quedó viendo con cara de sospechoso pero no dijo nada. Yo me hice el pendejo como que tocaba la puerta, y me alejé de allí.
Tenía miedo porque al Alejandro le caía en la punta de la gaver, y el odio era recíproco y bien correspondido, y ambos lo sabíamos. Lo odiaba porque siempre me humillaba por mi fealdad, y el me odiaba porque Priscilla me buscaba mucho y a él ni lo pelaba.

Después de un rato me fui a mi casa, y nuevamente no pude dormir. Ni siquiera sé porque lo robé, no tenía un tocadiscos donde escucharlo.
El domingo fui a casa de mi tío Lencho, quien tenía un tocadiscos marca Philco muy grandote y con unas bocinotas que retumbaban en toda la casa. Menos mal que los tíos Lenchos, y las tías Elfas gruñonas no estuvieran en la casa, y en cambio estuviera mi primo Jonatan, quien era muy alivianado y me dio chance de tocar el disco muchas veces, mientras el en su cuarto veía un aburrido partido del América contra Pumas.

Ya después llegaron los tíos y me despedí de ellos, y esperar de nuevo hasta el otro domingo a que Jonatan me diera chance. Por seguridad dejé el disco en la recamara de mi primo.

Me dormí, y al otro día me levanté temprano para ir al reclusorio. Todo transcurrió normal, las mismas clases aburridas de always, la cara de Priscilla, la maestra buenota de Ciencias Sociales a la que se le veían los calzones, las clases de educación física… Y la cara sospechosa del “Malango”, quien me veía con cara de burla.
A la salida, iba con el Hugo, y con el Rodolfo. En la esquina había una camioneta Cheyenne, y gente alrededor. Era la troca del Zambo, un animalote de más de 100 kilos,quien estaba junto con el puto del Malango. Al llegar ahí, el gorila me agarró, y enfrente de mí, tenía nada más y nada menos que a Juan José de Jesús con una cara terrible que nunca se me ha podido olvidar.

Me dio una patada que me hizo doblar, me levantó jalándome el pelo, y después de darme un golpe en la cara me dijo:
“¡Dónde tienes mi disco, maldito cerdo capitalista!”

Esta historia continuará la próxima semana. No se pueden perder el desenlace de esta triste y sangrienta historia en su último capítulo:
UNA MADRIZA INOLVIDABLE, o ESA MADRIZA NUNCA SE ME OLVIDA, o 2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA.

domingo, octubre 29, 2006

CUENTO ATERCIOPELUDO (PRIMERA PARTE)

EL HIJO EUROPEO

¡Madres!!! A leer la noticia quedé todo estupendejo. ¿Cómo es que lo habían agarrado preso por matar a su abuelita?
Sí, ya sabíamos que ese cabrón estaba loco, pero ¿matar a su abuelita a garrotazos, como si fuera una piñata? Pinche loco, y lo peor es que cuando le rompió el cráneo, el cerebro cayó al piso y, como niño emocionado que se abalanza por los dulces, el buey corrió y se aventó por el cerebro, comió un poco y lo demás se lo guardó en sus bolsillos para la cena.

La verdad, no debería de sorprenderme, eso de las piñatas vivientes ya lo hacía desde que íbamos a la secundaria, sólo que Juan José de Jesús Equihua lo hacía con animales: El canario de su abuelita (que se llamaba Piolín off all the names), tres gatos callejeros, el Canelo (el perro de su vecino), el Dinky (el perro lanudo de su novia Lizeth), me atrevo decir que a Diufor (mi perro que desapareció misteriosamente, y que sospechosamente el Juan siempre preguntaba por él cuando iba a mi casa), y un largo etc. Pues perdí la libreta en el que meticulosamente anotaba cada sacrificio ritual que hacíamos cada fin de semana.
Bien, nos íbamos todos en bola, y atravesábamos el cementerio en la noche y llegábamos a un monte al otro lado del arroyo, y ahí colgábamos a los animales y nos dábamos la divertida de nuestras vidas golpeando inmisericordemente a los animales.
Para dizque no sentirme mal, yo sólo era el encargado de la cuerda, y siempre trataba de que no les pegaran, pero eso era imposible. Hoy me siento mal al recordar esto, por esta razón esos hechos traumáticos me hicieron para expiar mi culpa unirme y ser un miembro activo de grupos como Selva Negra, Greenpeace, Sierra Madre, Sociedad Protectora de Animales, Gente por la Defensa Animal, y PETA.

Bueno, el chiste es que Juan José, después de matarlos, los destazaba diestramente con los cuchillos de Aristeo (quien los sacaba furtivamente de “La Chuleta Huehuenche”, la carnicería de su papá), y después tiraba los restos al río.
Me parece que en todos estos años nadie se dio cuenta de las maldades que hacíamos.

Juan José de Jesús estaba reloco, pero era buena onda y muy roquero. Cuando los más “roquerotes” andabamos en la onda heavy y alternativa escuchando al primigenio Nirvana, a Iron Maiden, a Kiss, a Depeche Mode, a The Cure… Juan José llegaba con cada álbum raro, desconocidos pero efectivos y muy chidos.
Por ejemplo, gracias a él conocí a Sonic Youth, Motorhead, Slayer, Venom, Yo La Tengo, Pixies, The The, The Residents, The Fugs, John Cale, Frank Zappa, y sobre todo a The Velvet Underground.

Nunca olvidaré la primera vez que el cabrón llevo un disco de acetato. Una portadota blanca que sólo tenía la imagen de un gran platano. El nombre del grupo, el nombre del diseñador de la portada un tal Andy Warhol, y una pequeña leyenda en inglés que no sabíamos que significaba pero que ya nos imaginábamos. Ya después el Castelán que era el más bueno para eso del inglés nos dijo que “Peel slowly and see” significaba “Pele lentamente y vea”, el Juan José levantó la cascara del plátano, y debajo de ella pues estaba lo que debía estar, la imagen de un plátano pelado. Era lo elemental y lo lógico. ¿Qué esperábamos? Era y es tal vez la mejor y más maravillosa portada de la historia del rock.

¿Y la primera vez que escuché a Velvet Underground? Era un viernes, ya casi para salir de la escuela. La ruca ogra lentejuda que nos daba Ciencias Naturales hizo un bien a la humanidad al no presentarse a trabajar, así que nos quedaban dos horas libres que es lo que duraba la maldita clase.
Entonces, el Juan José sacó la gabacha (así le decíamos a su grabadora Fisher de doble cassetera). A pesar de las peticiones de varios, ignoró olímpicamente Metallicas, Doncellas de Hierros (su grupo favorito), Beatles, Van Halens, Caifanes, Curas, y hasta al prendidón de Pistolas y Rosas.
Saco de su mochila un cassette blanco, y con un plátano en la portada. Al verlo, no pude evitar emocionarme y exclamar “¡The Velvet Underground”! Juan José volteó a verme y me sonrió, cosa que casi nunca hacía, sólo cuando hacía una maldad.

Lo que sucedió ese día fue como vivir un sueño despierto. Fue una experiencia que marcó y cambió mi vida.
Un sonido entre celestial, entre canción de cuna. Un instrumento llamado celesta y unas campanitas me hicieron volar de inmediato. La rola se llamaba “Sunday Morning” y fue amor a primera escuchada. Después siguió otra llamada “I’m wating for the man”, que parecía sólo una sucesión de de rasgueos de guitarra, algo así “ranranranrán ranranranrán…”. Luego, una voz hermosísima de una mujer llamada Nico, con unos coros masculinos que parecían gatos desafinados, cantaba una canción que se titulaba “Femme Fatale”. Al oírla, te enamorabas de esa voz.
Después una canción lenta, oscura, que tenía por nombre “Venus in furs”, y que de vez en cuando se escuchaban unos guitarrazos que parecían como unos latigazos.
Luego, seguía un rocanrol rapidito y garagero llamado “Run run run” y que aunque no supieras inglés se te pegaba el coro.
“You gotta run run run run run run, take a drag or two. Run run run run run, gipsy death and you, tell you whatcha do”
Para no hacerla larga, me impactaron tres rolas. La primera que ya mencioné. La número siete que se llama “Heroin”. Era algo que nunca había escuchado. Una canción hermosa, poderosa, ruidosa, destructora, que no podía dejarte indiferente.
Y la última,
“European Son”.
Empezaba con un bajeo rítmico, rápido y con una figura repetitiva, y después entraba la guitarra. Antes de empezar la canción, el Juan José estuvo muy serio, pero a la primera nota se levantó de su asiento, empezó a bailar y a hacer que tocaba el bajo. Después tomo una silla y corriendo la arrastró sobre el piso, y en el momento preciso, sincronizado con la música, la levantó por los aires, dio media vuelta y ¡crash!, que la estrella contra la ventana. Todos nos quedamos boquiabiertos ante esa osadía, ante este performance, mientras Juan José se veía feliz riéndose como loco.

En eso llega un maestro, y después "el Camarón" (el director de la escuela), junto con su esposa "La Totola". Ven la grabadora y la desconectan. Furiosos preguntan de quien es. Nunca faltan los chismosos, pero Juan José era bien valemadrista y muy orgulloso se paró y dijo que él era el dueño y que él había roto la ventana. El director cara de perro bulldog lo saco del salón y se lo llevó a la dirección. Nunca volvimos a ver a Juan José en la escuela. Lo expulsaron.

Ahí terminó esa anécdota, sin embargo ahí empezaba mi obsesión aterciopelada y subterránea. Ahí empezó mi amor enfermizo por ese disco que años más tarde me hizo formar mi propia banda, pero antes tenían que suceder varias cosas, antes tenía que conseguir ese disco a como diera lugar, y antes, antes tendría que sufrir una madriza que nunca se me olvida y que de no ser por un cuate que llego justo a tiempo podía haberme convertido en piñata humana.


No sé pierda la segunda parte de esta ilustrativa y edificante anécdota de la vida irreal, la próxima semana: "All Tomorrow Parties". Hasta la vista amigos y amigas.